El dato más revelador de la semana en materia de inversión no es un anuncio asiático, sino una respuesta europea: España prepara una vía rápida de autorización y evalúa usar su escudo antiopas para facilitar la entrada de capital chino, después de que la desinversión estadounidense y británica alcanzara 9.038 millones de euros en el primer semestre de 2026, la cifra más alta desde 2018. La inversión china en España, por contraste, fue de apenas 55 millones de euros en el mismo período.
La secuencia importa: no se trata de que España esté cortejando activamente a Pekín por afinidad estratégica, sino de que la retirada de capital angloamericano —que sigue siendo, con diferencia, el mayor origen de inversión extranjera en el país— deja un vacío que Madrid busca llenar con las fuentes disponibles, incluida China. Es una lección aplicable más allá de España: cuando el capital tradicional se retira, los gobiernos tienden a diversificar sus fuentes de financiamiento, aunque eso implique revisar reflejos regulatorios previos.
El mismo patrón, en espejo, se observa en América Latina y Asia esta semana: Paraguay avanza con Taiwán en un proyecto de infraestructura de inteligencia artificial que aprovecha su matriz eléctrica renovable, Corea del Sur profundiza su relación comercial con México a través de una visita de Estado que no se realizaba hace 16 años, y Malasia diversifica sus exportaciones hacia los países BRICS. En todos los casos, economías medianas buscan activamente nuevos socios de capital y comercio ante la incertidumbre de sus relaciones tradicionales.
Para Taiwán y otros socios asiáticos de España que compiten por espacio de inversión en el mercado europeo, el giro español hacia una mayor apertura a capital chino es una señal de que ningún origen de inversión extranjera está garantizado de forma permanente, y que la diversificación de socios —lejos de ser una anomalía— se está convirtiendo en la norma en ambos sentidos del Pacífico y del Atlántico.
Esta es una opinión de Asia Hoy.

