Mientras Washington y Pekín negocian esta semana en una cumbre de alto perfil la extensión de su tregua arancelaria, la ASEAN avanzó en sentido contrario: adelantó a fines de 2026 la entrada en vigor de su tratado de bienes actualizado (ATIGA), cuya aplicación voluntaria ya elevó la utilización del acuerdo por parte de las empresas a 62,7% en 2025. La señal es clara: frente a la incertidumbre en las relaciones entre las grandes potencias, los bloques regionales medianos optan por profundizar sus propias reglas internas.
Los datos de comercio exterior de esta semana refuerzan la lectura: Vietnam superó los 825.000 millones de dólares en comercio acumulado a mediados de septiembre (+29,4%), mientras Malasia reportó un alza de 31,2% en sus exportaciones de los primeros ocho meses del año, con un salto de 19,1% específicamente hacia los países BRICS. Ambos países muestran que la diversificación de destinos —más allá de Estados Unidos, la Unión Europea y China individualmente— ya es una estrategia consolidada, no una aspiración.
El contraste con el norte de Asia es instructivo: mientras Taiwán, Corea del Sur y Japón siguen profundamente integrados en las cadenas de valor de semiconductores dominadas por la demanda estadounidense y china, el Sudeste Asiático construye una red de acuerdos y flujos comerciales más horizontal, con múltiples socios de peso similar, desde China e India hasta Brasil y Sudáfrica en el caso malasio.
Para las economías de América Latina y España que buscan diversificar sus propios mercados de exportación en Asia, el Sudeste Asiático emerge como un bloque cada vez más cohesionado y con reglas comerciales cada vez más simples de navegar, en contraste con la fragmentación que persiste en la relación entre las dos superpotencias del Pacífico.
Esta es una opinión de Asia Hoy.

